Una luciérnaga azul y tú,
¿no ves que hay una luz
en el fondo de
mi corazón?

{I. Ferreiro y Q. González}


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El roce de tu voz





Háblame.

Háblame cuando todo oscurezca.
Háblame para que la noche no duela
y para que no me tirite el corazón.

Háblame bajito que yo te escucharé.

Acurrúcame con tu voz.

Hazme sentir abrigada.


Guíame.
Dame la mano,
y ayúdame a elegir el camino correcto,
aquél plagado de estrellas azules y vespertinas.

Guíame,

dame la mano,
y llévame hasta el centro de tu corazón
donde me pueda sentir en paz,
para siempre.



De nuevo el cielo amenaza tormenta







Imagen de Mina Montenegro


Abre los ojos.
Intenta abrirlos.
Venga… inténtalo.
Primero uno.
Despacio.
Y ahora el otro… así.
Muy bien.



Haces un esfuerzo por acostumbrar tu vista a la oscuridad.


Cuando lo consigues, miras tu cuarto.
Todo sigue como ayer,
y como antes de ayer,
y como antes de antes de ayer…

Llevas tanto tiempo encerrada que has perdido la cuenta.
¿Tres días? ¿Cuatro?¿Una semana?
Sí.

Definitivamente has perdido la cuenta.
Pero sigues estando cansada.
Tienes los ojos hinchados.
Y te duelen.


Piensas en aquellos que aporrean tu puerta,
tu vida,
aquellos que se preocupan por ti
y con los que te excusas diciendo:
"simplemente estoy demasiado ocupada".

Y no mientes... porque sí, estás ocupada:

Estás ocupada echando tu vida a perder.
Estás demasiado ocupada pensando
en cómo todo tu mundo se viene abajo.
Estás demasiado ocupa echándolo de menos.


A él, a sus caricias, a sus besos… a sus abrazos.
Y piensas que no te gusta lo que ves.


Y vuelves a cerrar los ojos.
Y recuerdas como de niña decías que querías desaparecer.


Y te mantenías en silencio.

Con los ojos cerrados.
Muy quieta.
Tanto, tanto, tanto…
que realmente llegabas a pasar desapercibida.


Ojalá todo fuera tan fácil.
Ojalá ahora también pudiera pasar todo de forma tan sencilla.
Y duermes.