Una luciérnaga azul y tú,
¿no ves que hay una luz
en el fondo de
mi corazón?

{I. Ferreiro y Q. González}


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Celebración de la voz humana







Tenían las manos atadas, o esposadas, y sin embargo los dedos danzaban, volaban, dibujaban palabras. Los presos estaban encapuchados; pero inclinándose alcanzaban a ver algo, alguito, por debajo. Aunque hablar estaba prohibido, ellos conversaban con las manos.

Pinio Ungerfeld me enseñó el alfabeto de los dedos, que en prisión aprendió sin profesor:

- Algunos teníamos mala letra- me dijo-. Otros eran unos artistas de la caligrafía.

La dictadura uruguaya quería que cada uno fuera nada más que uno, que cada uno fuera nadie: en cárceles y cuarteles, y en todo el país, la comunicación era delito.

Algunos presos pasaron más de diez años enterrados en solitarios calabozos del tamaño de un ataúd, sin escuchar más voces que el estrépito de las rejas o los pasos de las botas por los corredores. Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, condenados a esa soledad, se salvaron porque pudieron hablarse, con golpecitos, a través de la pared. Así se contaban sueños y recuerdos, amores y desamores, discutían, se abrazaban, se peleaban; compartían certezas y bellezas y también compartían dudas y culpas y preguntas de esas que no tienen respuesta.






Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, algunas cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.

Los sueños del fin del exilio

Los sueños del fin del exilio







I


Helena soñó que quería cerrar la valija y no podía,
y hacía fuerza con las dos manos,
y apoyaba las rodillas sobre la valija,
y se sentaba encima,
y se preparaba encima,
y no había caso.
La valija que no se dejaba cerrar,
chorreaba cosas y miseterios.


II


Helena volvía a Buenos Aires,
pero no sabía en qué idioma hablar
ni con qué dinero pagar.
Para en la esquina de Pueyrredón y Las Heras
esperaba que pasara el 60,
que no venía,
que nunca vendría.


III



Se le habían roto todos los cristales de los anteojos
y se le habían perdido las llaves.
Ella buscaba las llaves por toda la ciudad,
a tientas,
en cuatro patas,
y cuando por fin las encontraba,
las llaves le decían
que no servían para abrir sus puertas.